Y así fue como empezó todo. Tras la primera vez que vi tus pestañas no pude quitármelas de la cabeza, si no podía verlas en verdad las veía en fotografía. Y empezaron las conversaciones hasta las tantas de la madrugada aun sabiendo que al día siguiente había que madrugar para ir a clase. Empecé a echar de menos cada vez que te ibas y a tener el miedo de pensar en si algún día no estabas.
Ojalá pudiera seguir viendo tus pestañas y lo largas que parecían cuando se posaba el sol en ellas.
Siempre he creído que soy mi esencia y mi destino, mi suerte y la reacción de mis acciones. Sin embargo, ese punto de vista cambió durante un momento hace justo dos años. Cambió en ese momento en el que te encuentras con una persona y aún sin saber su nombre ni conocer su voz tienes el sentimiento de que tu destino es junto a ella, de que es con quien serás feliz. Y es entonces cuando te preguntas, ¿es el destino el culpable de que el camino de esa persona se cruce con el mío?